
Porque amar es sostener, no encadenar.
Somos completos, somos libres y, aun en pedazos, seguimos enteros.
Llega un momento en la vida en que comprendemos algo que antes parecía imposible de aceptar:
el mañana no nos pertenece.
Podemos imaginarlo, planearlo, desearlo… pero es un territorio incierto, un lienzo que la vida pintará como quiera, con sus propias luces y sus inevitables sombras.
Y entonces, casi sin darnos cuenta, aprendemos que lo único que realmente tenemos es este instante.
Este presente que a veces duele, a veces brilla, a veces nos pesa como plomo y otras nos sostiene como un abrazo.
Aprendemos a construir todos nuestros caminos en el hoy, paso a paso, respiración tras respiración.
Descubrimos que la verdadera fuerza no siempre está en los grandes gestos, ni en las victorias que otros celebran, ni en las batallas visibles.
Está en seguir de pie cuando nadie nos ve.
En levantarnos un lunes cualquiera con el alma hecha pedazos y, aun así, hacer café.
Está en no rendirse cuando todo parece perdido.
Está en sostenerse con ternura incluso en medio del propio caos.
Y un día, sin previo aviso, nos descubrimos más resistentes de lo que imaginábamos.
Más capaces.
Más humanos.
Nos damos cuenta de que no somos piezas desechables ni almas incompletas. No lo hemos sido nunca.
La perfección ya habita en nosotros, pero hemos aprendido a negarla. Desde pequeños nos enseñaron a mirarnos con lupa, a buscar defectos, a compararnos, a creer que “falta algo” para merecer amor, respeto o cuidado.
Pero la verdad es otra: somos profundamente valiosos tal y como somos.
Una creación —entre comillas— absolutamente perfecta, diseñada con cada detalle exacto, con cada emoción, con cada cicatriz y cada fuerza invisible que nos sostiene.
Lo único que ocurre es que a veces olvidamos nuestra esencia.
Nos dejamos arrastrar por creencias heredadas y miradas ajenas que nos dicen que no somos suficientes.
La verdadera tarea no es arreglarnos;
es recordarnos.
Recordar que, incluso en nuestros momentos más rotos, seguimos siendo enteros.
Que nuestra dignidad no depende de nuestros logros, de lo que otros opinen, ni de cuánto encajemos en moldes que nunca fueron hechos para nosotros.
Somos amor.
Somos vida.
Somos todo lo que necesitamos ser.
Con el tiempo, también comprendemos una de las lecciones más sutiles y más duras:
hay una enorme diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.
Sostener una mano es acompañar.
Es ofrecer apoyo sin invadir, respeto sin condiciones, presencia sin exigencias.
Es decirle al otro: “Estoy contigo, pero tus pasos son tuyos”.
Encadenar un alma, en cambio, es pretender poseerla.
Es querer controlar sus movimientos, dictar sus caminos, limitar sus sueños.
El amor genuino no aprisiona.
El amor libera.
Y así, en medio de nuestros aprendizajes y cicatrices, empezamos a elegir mejor.
Elegimos a quién darle nuestra mano.
Y a quién no permitirle ponernos cadenas.
Entendemos que amar es un acto de libertad, no de control.
Y que, para poder sostener a otros, primero debemos aprender a sostenernos a nosotros mismos.
Porque la vida es demasiado corta para vivir encadenados…
pero también lo suficientemente grande para caminar al lado de quienes eligen estar,
no de quienes se quedan por obligación.
Quizás esa sea la mayor victoria:
aprender a construir un presente que honre nuestra historia,
sostener las manos que suman sin dejar de ser libres,
y caminar hacia un mañana incierto…
…con la certeza de que, mientras estemos en pie,
seguiremos latiendo.
Y ahora, te pregunto a ti… ¿Qué significa para ti sostener sin encadenar? Me encantará leer tu historia en los comentarios.
Replica a Diario de una vida que late Cancelar la respuesta