
Muy buenos días familia bonita. Hoy me gustaría compartir un relato de mi libro «Cuando aún late algo dentro». Este, en concreto, va dedicado a todos los hombres con fibromialgia y depresión.
Espero que os guste.
Nadie se queda para siempre
No recuerdo en qué momento exacto dejé de hablar.
No fue un silencio de un día para otro.
Fue más bien como cuando una luz se va apagando en una habitación.
Primero tenue, luego intermitente, después… nada.
Y, lo peor, es que nadie lo notó al principio.
O, quizás lo notaron, pero no supieron qué hacer.
Así que empezaron con lo de siempre:
—Sal un poco.
—Haz ejercicio.
—Eso es flojera mental.
Pero no era flojera.
Era otra cosa.
Un pozo que se abría en medio del pecho y me tragaba entero.
Y, cuanto más trataba de salir, más me hundía.
Al principio llamaban.
Mis padres, mi hermano, algún primo.
—¿Cómo estás?
—Te echamos de menos.
—Anímate, tienes que salir de ahí.
Yo intentaba responder con dignidad.
Decía que estaba cansado, que necesitaba tiempo.
Pero la paciencia no es infinita.
Y, cuando vieron que no mejoraba, se empezaron a aburrir.
Primero dejaron de llamar.
Luego dejaron de venir.
Y, finalmente dejaron de hablar de mí, como si fuera un recuerdo incómodo.
Como si yo, ya no formara parte del árbol familiar.
Y lo entendí.
Porque nadie quiere cerca a quien no tiene “buenas energías”.
Nadie quiere sentarse al lado del que ya no sonríe.
Nadie quiere visitar a alguien que nunca tiene “novedades”.
Es incómodo. Es oscuro.
Y todos prefieren la luz.
Así que me quedé solo.
Literalmente.
Aprendí a vivir en el silencio.
A que mi única conversación fuera con el pensamiento que me decía cada noche,
“Esto no tiene sentido.”
Vivía así, como una sombra con nombre.
Como un nombre que ya no significaba nada para nadie.
Había días, en que no pronunciaba una palabra.
Me sentaba frente a la ventana, viendo el mismo árbol, la misma calle, las mismas horas pasar.
Sin nadie que tocara el timbre.
Sin nadie que preguntara: ¿Estás comiendo bien? ¿Sigues vivo?
Y no, no siempre lo estaba.
Hasta que conocí a Clara.
No fue romántico.
Fue torpe, inesperado, absurdo.
La conocí en la sala de espera del ambulatorio.
Ella iba por dolor de cervicales.
Yo por renovar una baja médica que ya parecía cadena perpetua.
Ella me miró.
No como quien observa.
Sino como quien reconoce.
Como si viera más allá del abrigo gastado, del silencio endurecido, del gesto inexpresivo.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Casi me eché a reír.
¿Quién pregunta eso de verdad?
¿Quién lo pregunta sin fingir?
—No —le dije. Y me sorprendí de lo fácil que fue decirlo.
—Ya… —susurró. Y bajó la mirada, pero no con lástima. Con respeto.
Nos encontramos otra vez. Y otra.
Sin buscarlo.
Y, poco a poco… empecé a hablar.
No todo de golpe.
Pero un poco.
Ella no me interrumpía.
No me corregía.
No intentaba “arreglarme”.
Una tarde me dijo:
—A mí también me dejaron sola cuando ya no fui la de antes.
Y sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Porque yo también había dejado de ser el de antes.
Y nadie había querido quedarse a averiguar quién era ahora.
Con el tiempo, comencé a esperarla.
A sentir que el día tenía sentido si ella estaba en él.
No por romanticismo.
Por el milagro silencioso de ser visto sin tener que esforzarme.
No sé cuándo me enamoré.
Tal vez, fue una suma de silencios cómodos, de risas suaves, de no tener que parecer nada.
Tal vez fue solo eso, el alivio de que alguien no se fuera.
Sigo teniendo días oscuros.
Ella lo sabe.
Sabe que hay mañanas en las que no me levanto.
Tardes en las que no quiero hablar.
Pero no se asusta. No se va.
Y, cuando me mira, sin exigencias, sin promesas…
yo me siento vivo otra vez.
Como si mi presencia ya no fuera una carga.
Como si mi dolor tuviera un sitio.
Como si, por fin, yo también mereciera quedarme.
Nadie se queda para siempre.
Eso solía pensar.
Ahora sé, que a veces,
alguien sí se queda.
Y, no porque todo mejore.
Sino, porque hay miradas que te devuelven a ti mismo.
Y eso, aunque duela, es amor.
Reflexión final:
Frase:
Hay personas que no te rescatan. Pero se sientan contigo hasta que encuentras una salida.
Ejercicio suave de presencia:
Piensa en una persona que te haya hecho sentir escuchado.
Si no existe, imagínala.
Dibuja su rostro mentalmente.
Y dite: Un día, alguien verá mi verdad sin miedo. Y ese día, sabré que no estuve solo del todo.
Libro: Cuando aún late algo dentro.
Autor: Malú García.
Deja un comentario